azulygranacasiblanco. Por Trifón Poch

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hace unos días escuchaba una entrevista radiofónica que le hacían a Fernando Alonso con motivo de su reciente fichaje por Ferrari. En una de las preguntas le planteaba el periodista si la temporada que viene se volvería a disfrutar en la Fórmula 1 del dominio de Barcelona-Madrid. Alonso contestó que, después de una temporada muy extraña, esperaba que  Ferrari y McClaren volvieran a dominar la competición y a disputarse el título mundial. En el mundo del fútbol todos andan encantados con la llegada de nuevo de Florentino a la presidencia del equipo blanco. Por mucho que en este inicio de competición Sevilla y Valencia estén jugando y ganando mucho, en una carrera de fondo el Barcelona de Guardiola, Messi y compañía y el Madrid de Pellegrini, Kaká, Cristiano y demás superfichajes van a ser los grandes protagonistas. Ya están marcadas en el calendario las fechas de los enfrentamientos entre ambos y en el horizonte flota la ansiada final de la Champions en el Bernabeu entre merengues y culés. Un sueño.

La final de la Supercopa de baloncesto ACB disputada en el Centro Insular de Las Palmas de Gran Canaria el pasado fin de semana ha llenado los corazones de los que sólo sueñan en tres colores, azul, grana y blanco: servida la primera final de la temporada entre el campeón Barcelona y el más que evidente aspirante Madrid. Hasta ahora, el baloncesto era el único deporte de masas que había conseguido romper esta bipolaridad tan española. Otros clubes no sólo habían sido capaces de ganar la Copa del Rey e incluso la Liga y de dominar la participación ACB en las Final Four de la Euroliga, sino que habían alcanzado de manera estable un status de clara superioridad deportiva e incluso estructural frente a las secciones de ambos clubes de fútbol. Ahora, por suerte, la crisis vuelve a poner las cosas en su sitio. Si ya la propia Euroliga había ido creando cada temporada mayores diferencias económicas entre los cuatro equipos que la disputan y el resto, ahora los innumerables problemas que sufren la gran mayoría de los equipos ACB para mantener el nivel de ingresos de las últimas temporadas han acabado de definir una fractura tan importante que veremos qué consecuencias tiene en la competición que se inicia el próximo fin de semana. Mientras los presupuestos que alimentan a Ronaldo e Ibrahimovic mantienen e incluso mejoran, en tiempos tan duros para la mayoría, los recursos de Madrid y Barcelona para permitirles asumir una parte importante de los contratos de jugadores que no cuentan o pagar cantidades inalcanzables por poner en pausa durante dos años la marcha de un joven jugador a la NBA, el resto de equipos, incluidos sus más cercanos perseguidores Caja Laboral y Unicaja, se preparan para, en el mejor de los casos, un par de años de travesía del desierto.

Además de desear que una vez más el baloncesto sea capaz de demostrar que, a pesar de tan evidente superioridad económica, se puede competir en la pista, sería interesante que se tomaran las medidas necesarias para, por ejemplo,  abrir las posibilidades de nuevas líneas de esponsorización dando facilidades fiscales a las empresas, medidas para facilitar las opciones de conseguir patrimonio para las sociedades ACB en forma de instalaciones propias de entrenamiento o de autogestión de los pabellones de juego, para imponer las normas necesarias de competición que permitieran un acceso más equilibrado a los mejores jugadores jóvenes, algún nuevo tipo de ordenación salarial o un reparto distinto de parte de los recursos económicos gestionados por la liga, más para los que menos tienen, normas que como mínimo, permitan no seguir agrandando este abismo que en poco beneficia al interés general y a la emoción real de  la mejor liga del mundo, después de la NBA.

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