jugar para ganar o enseñar a competir. Por Trifón Poch

Seguimos hablando de baloncesto de formación. No hay que malentender las cosas. Una realidad demasiado habitual es ver a equipos de niños dirigidos como si fueran profesionales, con la victoria como objetivo que condiciona tanto la dirección de los partidos como el trabajo diario de los entrenamientos. La otra opción es hacer un enfoque correcto y enseñar a botar, a pasar, a tirar, a entender el juego. En esta segunda línea no se trata de que no nos importa ganar, no ponemos «la otra mejilla», no practicamos un deporte socializado en el que todos somos iguales. Simplemente, ganar no es la prioridad. En mi opinión, además de todo lo que debemos hacer para formar técnica y tácticamente a nuestros jugadores, enseñar a competir debe ser otro objetivo prioritario. ¿Qué entiendo por enseñar a competir?

Hay que competir con uno mismo. Afán de superación. Tenemos que saber plantear a los niños retos individuales de mejora que provoquen la necesidad de esforzarse para conseguir algo que deseas. Esforzarse física, pero también mentalmente. Recuerda que no hay que dárselo todo hecho. Ellos tienen que poner su procesador y su disco duro a tope para comprender el concepto que estás entrenando y ser capaces por ellos mismos, con tu ayuda, de superar la oposición de su defensa o de aprender a mover los pies correctamente para alcanzar el objetivo que buscan. Tenemos que ayudarles a que ganen confianza, a que mejoren su autoestima. Superar una dificultad por sí mismos tras un esfuerzo físico o de comprensión, conseguir la canasta o recuperar un balón, ver la reacción de los compañeros o recibir el refuerzo positivo del entrenador ayudan más a un jóven que los gritos de toda una vida.

No todos somos iguales. Hay que poner al equipo por encima de las individualidades, pero tampoco es cuestión de irnos al país de los teletubbies. No es una situación real en ningún ámbito de la vida y, por lo tanto, no creo que sea malo que los niños sepan cuál es el nivel de cada uno. Ellos no son tontos: cuando empiezan a jugar con 6 años, en los primeros partidos, sólo se la quieren pasar al que tiene suficiente fuerza para llegar al aro y meter canasta. El entrenador tiene que provocar que los mejores también sean una referencia dentro del grupo. No sólo «el más bueno», también el que más se esfuerza, el que presta más atención, el que ayuda más a los compañeros. Todos deben tener deseo por mejorar y el entrenador tiene que mantener el mismo nivel de exigencia con todos (no exigir más a los mejores o que hagan lo que les dé la gana). Por supuesto, es fundamental que demostremos que confiamos en todos y que de verdad creemos que todos los jugadores son importantes para el equipo.

Somos un equipo. En el sentido de que somos un grupo que, conociendo sus diferencias, trabaja unido por conseguir unos objetivos. Hay que fomentar la capacidad de asumir los errores de los demás, de aprender a que es necesario colaborar entre varios para alcanzar algo que nos satisfará a todos. Tenemos que transmitir que la aportación de cada uno es básica; si algo falla, todo falla. Es aquí donde podemos dar importancia al detalle, a las pequeñas cosas que te hacen conseguir algo grande. La ejecución correcta de un simple gesto técnico puede ser la diferencia entre que un pase llegue o no a dónde tiene que llegar para conseguir la canasta que te hace ganar o perder. Es tan importante el que la mete como el que la ha pasado, el que ha puesto el bloqueo para librar al tirador o el que robó con su actitud defensiva el balón decisivo.

El respeto es un valor indispensable. El equipo rival o el árbitro no son nuestros enemigos. Llegado el momento de la competición, del partido, no hay que transformarse en «máquinas de matar». Se trata de mantener claros los objetivos. Uno de ellos es ganar, pero sólo es uno más. Hay que seguir haciendo correcciones constantemente sobre los conceptos que has trabajado durante la semana y hay que marcar tres o cuatro ideas en las que focalizar la atención de los niños en cada partido: tenemos que recuperar 15 balones, dar tres pases antes de tirar, que no nos metan más de 50 puntos, etc. Competimos contra un oponente al que hay que respetar y debemos hacerlo siempre con una actitud deportiva. El árbitro es una ayuda, no un problema. Los niños están más pendientes de nosotros de lo que nos pensamos. Cualquier actitud por nuestra parte se convierte para ellos en un referente: si el entrenador se pasa el partido protestando (que irresponsable pérdida de tiempo) provocamos en los niños una actitud agresiva que proyectarán hacia los otros niños y hacia el árbitro.

Si enseñamos a competir, estaremos también mejorando nuestras posibilidades de ganar partidos, pero lo que es seguro es que conseguiremos por el camino pequeñas victorias individuales, interiores, que son las que de verdad ayudan a la fomación de nuestros pequeños jugadores-personas.

5 comentarios

  1. Siscots dice:

    Trifón,

    Magnífico artículo. Tus conclusiones van más allá del mero deporte. Te he leído en paralelo a la lectura de un libro de Victòria Camps: Creure en l’educació. Muchas conclusiones son similares. No en vano educar proviene de «educare» (guiar) y «educere» (extraer). Un buen entrenador, como un buen docente, es aquel que saber sacar de mejor de cada uno.

    Una abraçada des de Capellades.

  2. Pako Lopez Sanchez dice:

    Me ha parecido ¡EXCELENTE!
    Resulta tan fácil de decir… y no siempre lo conseguimos, me quedo con: el RESPETO (al adversario, al arbitro y a nosotros como conjunto, es frecuente ver como un niño se enfada con otro enmedio del partido), el TRABAJO como disciplina y medio de superación individual y conjunta, y UNION: la suma de todos y cada nos hará más grandes como grupo.
    Como comenta Siscots, tus afirmaciones sirven perfectamente para otros ambitos, como mi familia, con tres hijos de edades diferentes y que les gustaría ser hijos únicos.
    PD: ¡Como escribes! eres el «Valdano» del Basket.

  3. Aliup dice:

    Chapeau!
    Em sembla tot un manual de com ENTRENAR.
    És com ser mestre: no s’ha d’ensenyar a passar exàmens, s’ha de promocionar la inquietud, la curiositat, etc. En el bàsquet és el mateix: no tot és guanyar. És important, és clar, perquè, si s’ha fet bé, reflecteix l’esforç, la tècnica i el joc en equip.
    Però quan el que importa és la victòria per sobre de tot, aquí només triomfen els «millors», o els que jugen brut, i n’hi ha molts que es queden pel camí…
    Jo he vist un equip de «petitons» sortir més contents després d’haver perdut una final que no pas els «guanyadors», que havien deixat els seus jugadors «dolents» fora de la convocatòria.
    Felicitats per l’article.

    Un seguidor de l’AESC – Ramon Llull

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