no hay nada más lindo… Por Trifón Poch

Real Madrid-Maccabi de Euroliga jugado esta semana: último cuarto, +12 y triplazo de Marco Tomas desde la esquina sobre la bocina del final de posesión de 24 segundos, +15. Falla el equipo israelita y en el siguiente ataque triple frontal de Sergi LLul, +18. El partido roto de manera definitiva y tiempo muerto visitante para cortar la hemorragia. El realizador, después de ofrecer un primer plano de la cara que se le queda a Pini Gershon,  pincha la cámara que sigue a LLull hacia el banquillo, acelerado, vibrando por las últimas acciones del juego, dando saltos y, al llegar junto a los compañeros que estaban descansando, el primero que le pega un efusivo «abrazo-pechazo» es Pepe Sanchez. El segundo en llegar inmediatamente a felicitarle es el lesionado Raul Lopez. Tal vez sea casualidad o sencillamente que los bases sean los más rápidos, puede ser. Sin embargo, no deja de llamarme la atención lo que para mi puede ser un sintoma de algo fundamental para un equipo. Por encima de todas las especulaciones que pueda haber en el entorno y de todos los útiles y necesarios intentos que haga cualquier entrenador, la conexión entre los jugadores, el compromiso común es lo que realmente marca la diferencia. Es especialmente importante que exista entre los jugadores que ocupan una misma posición. Entre ellos puede haber toda la encarnizada competencia del mundo que se quiera, pero por el equipo tiene que existir comunicación, colaboración, complicidad. Me siento tranquilo cuando en la pausa de unos tiros libres veo que el base que está en el banquillo llama al que está en pista para hacerle un comentario o cuando en un tiempo muerto mientras yo estoy dando una instrucción un alero que está jugando está hablando con otro que está descansando en ese momento. Ya lo decían los míticos «payasos de la tele»: «no hay nada más lindo que la familia unida«.

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