Plata en Pekín.- Por José Luis González

Coincidencias de la vida, hace veinticuatro años seguí los Juegos de Los Ángeles y ví la final olímpica contra los Estados Unidos en la vieja casa de mi tía Palmira, aquella que durante la República, a lo largo de la Guerra y en los primeros y duros años del Franquismo, sirviera de confortable pensión a los muchos ferroviarios que hacían parada en Almansa (encucrijada de caminos entre Albacete, Valencia y Alicante). Hoy los trenes ya no paran en Almansa. En aquella ocasión, madrugamos ella y yo para ver la Plata de Los Ángeles, éramos los únicos que viviamos con pasión, en el ámbito familiar, esto del baloncesto. Yo era un mozalbete y ella ya estaba jubilada.

Mi tía sigue viviendo, pronto hará los 100 años, físicamente está muy bien y tiene la cabeza en su sitio… una envidia. Lo que ahora lleva peor es lo de madrugar, así que se perdió la Plata de Pekín. Decía que coincidencias de la vida porque 24 años después, la casualidad quiso que viera la final olímpica en esa misma casa, donde mis padres han acudido este verano, tras muchos años de ausencia, en busca de sus raíces y de la tranquilidad de la vida en el pueblo. Junto a la casa de mi tía está el horno, los oíamos gritar cada vez que España metía una canasta. Matías, panadero de segunda generación, es un buen aficionado. Comienzan a trabajar a las cuatro de la madrugada y a las ocho hicieron un parón para seguir el partido.

Portada Nuevo Basket, plata en Los Ángeles 84Decía que hace 24 años  los viejos muros de esta casa centenaria solo albergaban la euforía de mi tía y un servidor. 24 años después la cosa ha cambiado, mismo escenario y distintos actores, un coro familiar, entorno a una pantalla, siguiendo ante el televisor un magnífico partido de baloncesto. El baloncesto, no es exagerado decirlo, ha sido uno de los hilos conductores de mi vida. Guardo en la retina, a lo largo de todos estos años, recuerdos de grandes partidos. Ciñéndome a Los Ángeles recuerdo muchas similitudes respecto al torneo olímpico de Pekín. Lo pasamos mal con Canadá en la primera fase (83-82), Estados Unidos nos dio una cruja (101-68), el cruce de cuartos lo ganamos haciendo un baloncesto serio, de oficio, y las semis fueron antológicas: España 74 – Yugoslavia 61. Solo cambió una cosa: la final.

LA FINAL SOÑADA

Mismo escenario y distintos pero entrañables actores: mi mujer (que nunca se hubiera imaginado la importante presencia que el baloncesto iba a tener y tiene en nuestro quehacer diario), mis hijos (ambos jugadores de baloncesto), una amiga de mi hija (también jugadora de baloncesto), mis padres y mi hermana que también han pasado por el aro y disfrutan con el baloncesto como el que más, y  ‘Yuri’, un precioso Samoyedo que también es un buen aficionado a nuestro deporte. A todos los avisé que había partido que merecía la pena madrugar… tengo testigos.

En 1984, la final estaba ‘cantada’. Aquel equipo universitario norteamericano de ensueño que lideraban Michael Jordan, Pat Ewing y Chris Mullin, tenía un talento sobrenatural y España, todo pundonor, pero con un talento mucho más limitado, fue una digna comparsa de los americanos. Algunos,comparando con Los Ángeles, pensaron que se repetiría la historia: ‘cruja’ en la primera fase y ‘cruja’ en la final. Nunca pensé que eso sucediera porque la actual Selección Española tiene un talento baloncestístico que no tenía el equipo español de Los Ángeles. La generación del 80 es la mejor  con diferencia que ha dado el baloncesto español y le iban a jugar a Estados Unidos para ganarles, como ya hicieron en la final de Lisboa.

Por eso merecía la pena madrugar, por eso los muros de la vieja casa de la tía Palmira vibraron con los gritos que provocaban los mates y triples de Rudy, las ‘bombas’ de Navarro, con el descaro irreverente de Ricky o con el oficio de Pau, Felipe y Carlos Jiménez. También vibraron, con alguna que otra incontinencia verbal dirigida a los árbitros, los únicos que no estuvieron a la altura de un espectáculo deportivo tan grande. Fue un partido para enmarcar, una exquisita ‘delicatessen’ que ya forma parte de la historia de nuestro baloncesto y, ¿por qué no?… de la historia familiar.

6 comentarios

  1. antoni dice:

    El baloncesto es el hilo de mucha gente, la final de LA fue la primera que mis padres me dejaron ver en casa, tenia entonces 10 años, ya entonces me picaba el gusanillo del baloncesto. Ahora, sigo enganchado, con algun que otro paron, socio de mi equipo de siempre y anunciando a todos mis amigos, despues de las «pachangas» que podiamos ganar el oro, que teniamos y tenemos equipo para años… Que Aito aún no habia dicho la última palabra y este equipo podía plantarle cara a cualquiera, lástima de los árbitros que echan por tierra todo el trabajo en las escuelas de baloncesto al enseñar que son pasos y que no…

    Salut!

  2. Sister dice:

    Mereció la pena. Todos disfrutamos con un partido que nos hizo vibrar. Un oro moralmente nuestro, una plata más para el medallero y buenos momentos para recordar. Bonito artículo.

  3. Miguel dice:

    Está genial. Me gusta mucho. Es una columna fenomenal, con un tono personal muy amable y simpático. Y una valoración de los equipos profesional.

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