tirando con los pies. Por Trifón Poch

No, no quiero decir con este título que me refiera a un tirador que es tan malo que parece que lo haga con los pies. Todo lo contrario. Creo que para ser un buen tirador, tan importante como lo que se llama «tener buena mano» es «tener buenos pies».

Primero: para poder ser un buen lanzador en cualquier circunstancia es imprescindible tener una buena base. Se tienen que hacer unos buenos apoyos, dominar el peso del cuerpo y subir equilibrado para que al final las manos puedan trabajar con independencia y afinar al máximo la precisión del tiro. Hay tiradores estáticos que se mueven muy bien sin balón y siempre están preparados, con un pequeño salto sobre los dos pies o adelantando el pie de la mano tiradora, ofreciendo sus manos al pasador para, en cuanto sus manos rozan el balón, subir en su cilindro con el máximo equilibrio. Demasiado tarde para cualquiera que pretenda evitar el triple.

Segundo: para poder lanzar en movimiento, saliendo de bloqueos con un defensor que te persigue y llega a todo trapo para defenderte el tiro, o llegando con bote en contraataque, hay que ser un equilibrista dispuesto a escuchar una oferta del Cirque du Soleil. Ser capaz de armar el tiro en el menor tiempo posible (sin caerse de culo) es vital para que el balón salga de las manos y todos se pongan a temblar. Para conseguirlo hay que saber transformar la velocidad en equilibrio y los pies son la clave final, la última pieza del puzzle, la dovela central de nuestro arco de tiro.

Tercero: los expertos «fredastaires» en el dominio de los pies pueden colocarlos donde quieren. Son los privilegiados que pueden tirar sobre un pie, cayendo hacia atrás, con un salto lateral que les aleja del defensa que se queda atrapado en su inmovilidad, provocando ellos mismos el desequilibrio para abandonar las aguas territoriales de su defensa. Dan cada paso en el espacio justo e inalcanzable, siempre deciden dónde y cómo tirar y sólo nos dejan como única opción seguir con la mirada la parábola del balón y esperar que un mal día ponga remedio a lo inevitable.

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