Un comentario típico dentro de nuestro mundo de la canasta al preguntarnos por jugadores veteranos a los cuales perdemos la pista, es el de considerarlos «muertos» para la práctica deportiva de alto nivel.
Esta misma semana, «revoloteando» por la segunda competición griega, me encuentro con un jugador formado en la productiva cantera de la «penya«, un hombre que se hizo fuerte en Pamesa Valencia (98-02), y que acabó la temporada pasada defendiendo los colores de Tenerife Rural en la Final Four de Cáceres 08.
Si, efectivamente hablo de Alfonso Albert, ese corpulento pívot nacido el 22 de Mayo de 1973, que actualmente defiende los colores del Keravnos Aigio Helesi (A2 Grecia).
Actualmente ocupan la posición 13, con un balance de 2-6 tras ocho jornadas de liga. Promedia 16,3 puntos y es el segundo máximo reboteador de la competición con 9 rechaces.
Él, y el sueco Jim Nystrom, son la pareja de foráneos del equipo dirigido por Giannis Chrysanthopoulos.
Por tanto, desde aquí, mucha suerte Alfonso, y recuerda, SEGUIMOS VIVOS.
Hace unos meses escribí un articulo acerca de las instalaciones médicas que disponian, o no, los pabellones que hay por nuestros lares. En aquella ocasión, me quedé con las ganas de explicaros esta anécdota que sucedió en la temporada 2006-2007 y que vendría a colación. Jugábamos en Tallin (Estonia), contra el Kalev. A mi, inconscientemente, el nombre de Tallin como que me da frío y es que en la visita a esta bonita, va en serio, ciudad, la temperatura rondaba los 20 grados bajo cero…, vamos, que abrían las puertas de la nevera para que entrara «la caló». Pues bien, hacia el final del entrenamiento en el vetusto y cálido pabellón del Kalev, me dispuse a buscar la máquina de hielo, para preparar algunas bolsas. Pero la rolliza encargada del gimnasio desconocia el significado de la palabra «ice»
y como hacia tiempo que no practicaba el estonio, tras una lamentable exhibición de mímica, la buena mujer con evidentes gestos de comprensión, me señaló una puerta, tras la cual deberia estar la susodicha máquina. Obviamente no podia ser tan fácil y es que tras la puerta, que era de salida, encontré un parque totalmente nevado, con unos dos metros de espesor, que riete tú de Baqueira o de Sierra Nevada. Las fotografías que inmortalizaron la escena no describen ni de lejos el frío que Galderic, el utillero, y yo mismo pasamos, pero ningún jugador se quedó sin su bolsa de hielo, perdón, nieve.
Desde que a Emilio de Diego, tristemente fallecido no hace mucho en un injusto accidente de tráfico, se le ocurrió pensar que un jóven entrenador de juveniles del Sant Josep de Badalona podía ser el entrenador que necesitaba el Gijón Baloncesto, en aquella Primera División que tanto ha cambiado de nombre, han pasado muchos partidos, muchas faltas de ataque, algunas prórrogas, remontadas increíbles, momentos duros y abrazos cargados de euforia. En estos tiempos en que «un mosquito» nos lleva de un aeropuerto a otro y atravesamos el país sobre railes a velocidades de vértigo, cada vez que me subo a un autocar no puedo dejar de pensar en la cantidad de kilómetros que he hecho en todos estos años, siempre sentado en el mismo asiento, el primero a la izquierda, justo detrás del conductor.
Una tarde cualquiera de Septiembre, un partido más de pretemporada en una ciudad con claro talante de nuestro deporte, el baloncesto. Hablamos de la que fue durante varios años la capital del baloncesto galo: Orthez.
¡Qué vida más perra!… ahora que había conseguido mi sueño y tenía cerca una jubilación dorada, justo ahora me destrozan la vida, quedo inválida con dos patas rotas y una tercera que según los médicos igual me tienen que amputar… y todo por la ira incontrolada de un entrenador de baloncesto.