Llegados a uno de los puntos álgidos de la temporada, la Copa del Rey ACB, aparecen las habituales encuestas para conocer la opinión de los protagonistas de la competición sobre los favoritos, los mejores jugadores, el equipo revelación. Me ha sorprendido que ninguno de los encuestados conceda la más mínima opción al CajaLaboral, ni siquiera de disputar la final. Es evidente que su balance de victorias en la liga regular no es el de otras ocasiones y que en su camino deberá superar primero a sus vecinos de Bilbao y después probablemente al todopoderoso Barcelona en semifinales, con permiso del Joventut, por supuesto. El Barça, palabras mayores.
Por otro lado, creo que convendría no olvidar que el equipo de Vitoria es el que en la última década ha conseguido más presencias en la final, seis de diez, y el que más veces ha ganado, cuatro, empatado en este caso con las cuatro victorias de los culés. Han dado lecciones, año tras año, de competitividad, de saber cómo llegar preparados a la cita, siempre al amparo de la afición más ejemplar.
Otro pequeño detalle a tener en cuenta, es que de las sólo tres derrotas que los de Xavi Pascual han sufrido en la Liga ACB hasta ahora, una ha sido precisamente contra los de Ivanovic. Interesante, ¿no?
La pasada temporada ACB se desarrolló en una dimensión artificial de la realidad bajo el influjo futbolístico que todo lo invade en nuestro país. El gran duelo Barça-Madrid era el faro catalizador que iluminaba todo y en ese gran resplandor quedaron casi todos deslumbrados sin entender que hace ya muchos años que el baloncesto se mueve de otra manera. Pocos fueron los que, durante el año, dieron el justo valor que tenía al equipo que finalmente acabaría ganando la ACB, el CajaLaboral. Con una plantilla amplia, compensada, llena de buenos y expertos jugadores, pasaron el año esperando que llegara su momento, tapados bajo el manto «azulgranacasiblanco» que todo lo cubre.
Es una pena que los entrenadores sigamos empeñados en ser entrenadores.
Cayo Cilnio Mecenas
Continuo dándole vueltas a algunos detalles de lo sucedido en los recientes premios Principe de Asturias y reflexionando negro sobre blanco respecto a la financiación del deporte profesional, a los aspectos éticos o morales que se pueden esgrimir para argumentar lo impropio de la implicación económica de las instituciones en las competiciones de élite. En esa solemne ceremonia, tanto su alteza el Principe
Volviendo a reflexionar sobre todo lo que ha rodeado a la concesión del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2010 a la Selección Española de Futbol Campeona del Mundo, me gustaría relacionarlo con el debate abierto respecto a las vías de financiación del deporte profesional y a la conveniencia de encontrar un nuevo modelo, lejos del vinculado a las instituciones públicas.
Se entregaron ya los Premios Principe de Asturias y, sin ninguna duda, a pesar de la variedad de los ámbitos de la actualidad que reciben este importante galardón, de lo que más se ha hablado y escrito es de
Desde que tengo uso de razón, baloncestísticamente hablando, oigo el debate sobre cómo se acortan las distancias entre la NBA y el baloncesto europeo. Y de eso hace unos cuantos años, ¡yo tenía pelo! Justo estamos en esas semanas en las que, en las últimas temporadas, los equipos americanos cruzan el charco y juegan unos amistosos contra los mejores representantes de la Euroliga. Ultimamente, incluso dejan que algunos de esos equipos hagan el camino inverso y, como el CajaLaboral esta semana, jueguen en territorio USA algunos partidos de exhibición (contentos deben estar en Gran Canaria con su jornada oficial ACB adelantada al martes, después de jugar el domingo a las 21.00, hora peninsular). No cabe duda de que estos encuentros bilaterales dan materia para hablar durante unos días. En los tiempos que corren, los «tuiters» y los «feisbuks» empiezan a dominar la escena informativa y echan humo sobre los piques entre